Frase celebres

"qui no vulgui pols que no vagi a l'era" (Artur mas) Quien no quiera ver lástimas, que no vaya a la guerra.

Publicidad

Políticos y TV

A contracorriente

Enrique-Arias-Vega-III2

Enrique Arias Vega

El abandono del pleno municipal de Madrid por Manuela Carmena para asistir a una rueda de prensa evidencia bien a las claras las prioridades de nuestros políticos: prefieren un solo plano de televisión a cualquier debate programático.

Y resulta lógica semejante preferencia: los políticos que no aparecen en la tele simplemente no existen.

Eso lo aprendieron muy bien en su momento los chicos emergentes de Podemos. En cuatro días, como el que dice, las masivas apariciones televisivas de Pablo Iglesias, Monedero, Errejón, Bescansa y compañía ayudaron a convertir a su incipiente formación política en uno de los tres principales partidos del país.

A dicha transformación colaboraron bien gustosos canales como Cuatro y la Sexta, con presentadores tan volcados en el empeño como Jesús Cintora, Javier Ruiz o García Farreras. No he realizado ningún minutaje preciso, pero probablemente Podemos haya tenido más presencia en sus programas que todos los demás partidos juntos. Esta misma semana, sin ir más lejos, en Al rojo vivo aparecieron sin solución de continuidad Teresa Rodríguez, Iglesias y Carolina Bescansa. Para que vean.

Se acabaron, pues, los políticos que no resulten telegénicos. Eso lo han comprendido, por fin, todos los partidos, cuyos representantes públicos pasan, indistintamente, de las instituciones a los platós de TV y viceversa.

El último que lo ha entendido ha sido el Partido Popular, que hubo de desprenderse por eso del malencarado y siniestro Carlos Soriano, pero que aún conserva como portavoz parlamentario, para su desgracia, al lúgubre y displicente Rafael Hernando. Por eso, tiene que hacérselo mirar, ya que esa enorme falta de empatía, tanto con telespectadores como con presentadores televisivos, por parte de dirigentes políticos tan desgastados y amortizados como Mariano Rajoy puede impedir que levante cabeza el otrora todopoderoso y omnipresente PP.

Si se destruyese Europa…

A contracorriente
Enrique-Arias-Vega-III2
Enrique Arias Vega

No son sólo ellos, los terroristas, los que quieren destruir la Europa actual con sus instituciones comunitarias. Ellos, los terroristas, pretenden hacerlo de manera violenta, sangrienta, brutal. Pero también desde dentro crece el número de quienes no se sienten partícipes de esta Europa.

¿Tan mal les va a unos y a otros en el que resulta ser el continente democrático por excelencia?

Los terroristas lo odian precisamente por eso: por las libertades de que disfrutan sus ciudadanos, por su bienestar económico y por la paz de la que gozan, en contraste con los valores de sumisión, fanatismo y exclusión que ellos pregonan.

Pero esta Europa de concordia, tolerancia y libertad apenas tiene 70 años de existencia. Menos, aun, si tomamos el Tratado de Roma de 1957 como punto de partida. Hasta entonces, Europa había sido el continente con más guerras, más epidemias devastadoras y más millones de muertos dejados en los campos de batalla y en la retaguardia de las contiendas bélicas.

¿Es aquella alternativa terrible la que muchos echan de menos?

Si no lo es, por supuesto, a veces lo parece. Día a día aumenta el número de desafectos a la Europa comunitaria actual, con movimientos centrífugos, como el Brexit, del Reino Unido, o pujantes partidos de extrema derecha en Francia, Holanda, Alemania…

A todos ellos les incomoda esta Europa cuya permisividad, según ellos, propicia la invasión de foráneos que llegan para destruir sus valores tradicionales.

En el extremo opuesto, crece también el número de ciudadanos que protestan por los presuntos recortes institucionales a sus libertades y por el egoísmo de una Unión que cierra fronteras a inmigrantes que vienen en busca de refugio y de legítimo bienestar.

En medio de estas dos visiones contradictorias del mismo fenómeno, la enorme burocracia comunitaria sólo parece sestear mientras adopta intrascendentes regulaciones sobre el tamaño de los tetrabriks o sobre el cultivo de la avena y se muestra incapaz, en cambio, de avanzar hacia una mayor integración europea.

Entre todos, entre los de fuera y los de dentro, entre los de derechas y los de izquierdas, corremos el riesgo de dinamitar el proyecto común que soñaron en su día los supervivientes de la última gran guerra europea. Si esto llegase a suceder, unos y otros, es decir, todos, acabaríamos por echar de menos una malograda Unión Europea que es lo mejor que nos ha sucedido en toda nuestra Historia.

Conducir no es un derecho

A contracorriente
 Enrique-Arias-Vega-III2Enrique Arias Vega

No entiendo a quienes equiparan la conducción de vehículos a otros derechos y libertades básicas: la vida, la libertad y la dignidad… ¿Tan vital es para ellos la posibilidad de conducir? ¿Privar de ella a un ciudadano irresponsable supone cercenar su libertad y hasta su propia personalidad?

Saco el tema ante el homicidio de un ciclista por un anciano de 87 años que arrolló a todo un pelotón y dejó varios heridos en la calzada. El hombre, al parecer, había renovado su carnet al cumplir todos los requisitos. Pero, ¿estaba, en realidad, capacitado para conducir?

La misma pregunta me la planteé hace pocos años, cuando un amigo de 85 años perdió la vida junto a su esposa, en un aparatoso accidente de tráfico en un paso a nivel que no respetó. Obviamente, si no hubiese estado él al volante no habría muerto aquel día.

Para muchos creadores de opinión en tertulias radiofónicas y televisivas conducir viene a ser un derecho ilimitado. Por eso se ponen como panteras ante la más mínima reglamentación de tráfico, como, por ejemplo, la limitación de velocidad. ¿Tiene eso que ver con que parte de ellos poseen coches de alta gama que conducen a velocidades superiores a las legales? Probablemente sí.

Uno opina justamente lo contrario que ellos. Viendo cómo conducen muchos de nuestros conciudadanos, se entiende el número de muertos en las carreteras y su secuela de heridos, mutilados e incapacitados varios,

Por eso, no me vale el argumento de que el protagonista del último suceso, con 87 años, cumpliese todos los requisitos legales. Eso quiere decir que dicha normativa resulta incorrecta. Todos los expertos saben que la incidencia de accidentes es mayor cuanto más elevada sea la edad de los conductores. Por fortuna, muchos ancianos se autolimitan a medida que menguan sus facultades y ellos mismos dejan de constituir un peligro para los demás.

Si hiciesen lo mismo (con o sin ayuda de las leyes) todos los criminales en potencia que van al volante, otro gallo nos cantaría. Con una décima parte menos de conductores en la carretera, conducir resultaría un placer relajante e inocuo. Claro que eso jamás lo permitiría la industria del automóvil.

Podemos y Donald Trump

A contracorriente

Enrique-Arias-Vega-III2

Enrique Arias Vega

Aunque parezca paradójico, algunos politólogos encuentran semejanzas entre la ascensión de Donald Trump en Estados Unidos y la de Podemos en España.

Se trata, en definitiva, de movimientos antisistema propiciados por gente desencantada de la política y de los políticos clásicos, de personas que ven empeorado su presente y comprometido su futuro y que, por eso, buscan presuntas soluciones populistas al margen de los procedimientos democráticos habituales.

En ese análisis, no valen ya los esquemas tradicionales de izquierda y de derecha, que situarían en espacios antagónicos a Pablo Iglesias y al magnate norteamericano. Precisamente, los dirigentes de Podemos se han encargado de enfatizar que el enfrentamiento hoy día no es de las “izquierdas” contra las “derechas”, sino de los de “abajo” contra los de “arriba”, en un movimiento transversal que se opone al orden establecido, justo lo que hacen los seguidores de Trump contra la estructura del Partido Republicano de EEUU.

No olvidemos que a Trump no le apoyan sólo ciudadanos ricos, sino sobre todo muchos blancos pobres que se sienten excluidos del sistema y hasta hispanos que ven amenazado su estatus a causa de los inmigrantes ilegales.

Este movimiento populista tiene manifestaciones contradictorias, todas con matices más o menos antidemocráticos. Sucede en Francia, con la ascensión de Marine Le Pen, pero también en el laborismo británico, que se ha echado en manos de Jeremy Corbyn, o de parte de los votantes demócratas norteamericanos, partidarios del izquierdista Bernie Sanders.

No es la primera vez en la historia que surge este tipo de movimientos. Algunos fueron realmente efímeros, como el poujadismo agrario francés, que movilizó millones de votantes hace sesenta años. Pero otros trajeron consecuencias trágicas, como los fascismos europeos de los años veinte del siglo pasado.

Por eso, este tipo de ideologías hay que analizarlas con cuidado y no despacharlas ni con una adhesión entusiasta ni con un arrogante desdén.

Al tanto, pues.

Nadie se entiende con nadie

A contracorriente

Enrique-Arias-Vega-III2

Enrique Arias Vega

Al día siguiente de las últimas elecciones, los partidos dijeron al unísono frases de este tenor: “Los resultados muestran la pluralidad de nuestra sociedad”, “los electores nos acaban de pedir a los políticos que dialoguemos unos con otros”, “lo que los ciudadanos quieren es que nos entendamos”, “es la hora de los pactos y no la de las exclusiones”, etcétera, etcétera.

Pues bien: están haciendo justamente lo contrario.

Pedro Sánchez no quiere ni hablar con Mariano Rajoy, quien hasta le negó la mano cuando no les quedó más remedio que verse. Podemos rompe con el PSOE en cuanto éste pacta con Ciudadanos. Los de Albert Rivera, aun siendo los más dialogantes, también exhiben sus líneas rojas, que es como ahora se denomina a la intolerancia. Unos y otros, más que de establecer acuerdos, mirando hacia adelante, hablan de cómo excluir a los demás, llámense PP, Podemos o Rita la cantaora (y no me refiero precisamente a la Barberá).

O sea, que los españoles han pedido a los políticos moderación, diálogo y consenso, según reconocen todos ellos, y nuestros presuntos representantes se lo pasan por el arco de triunfo.

En otros países ese diálogo, esos pactos y esos acuerdos se dan por descontados; pertenecen al ADN de los políticos. En Alemania, el Partido Liberal ha apoyado alternativamente a democristianos y a socialistas para poder configurar gobiernos estables, sin necesidad de alinearse siempre con uno de ellos frente al otro. Es lo mismo que han hecho en Gran Bretaña los socialdemócratas, pactando ora con los conservadores, ora con los laboristas. Y, eso, aun sabiendo el coste electoral que iba a suponerles a ambos esa ingrata tarea de intermediación.

Aquí, al parecer, las cosas no van por ese lado y todos parecen anteponer los intereses partidistas a los de los ciudadanos que dicen representar y defender.

Como eso siga así, podemos seguir sin Gobierno para rato. En esa circunstancia, habría que confiar en el fallecido periodista italiano Indro Montanelli, acostumbrado a la ingobernabilidad de su país a finales del siglo pasado: “Cuando a Italia le va mejor es tras la caída de un Gobierno y antes de que otro lo sustituya”, decía.

Pues sí: visto el enconamiento de unos y otros, el que se prolongase aquí la presente interinidad quizás fuese lo mejor que nos podría suceder a los sufridos ciudadanos españoles.